Acabo de volver a Sao Paulo (estuve quince días en Belém) y es todo tan diferente.
He aprendido (me han enseñado) muchas cosas allí y por eso me siento agradecida. Una de las más importantes es que hubo días en los que no me maquillaba (casi, la nada absuluta en mi diccionario es imposible) y otra méramente anecdótica es que aprendí a estar sucia, mojada y tener hambre, y a comer sin tenerla (para procurar no pasarla después).
He conocido a hombres mayores cultos y sabios que se hacían entender perfectamente en otro idioma para mí (porque así lo deseaban), que me contaban su vida. He pinchado en la fiesta moderna de turno, he sido aplaudida. He estado en lugares donde, y de esto me enteraba después, mi vida corría peligro. He jugado al futbolín. He visto los cielos más bonitos de mi vida, con las tormentas amarillas y grises más impresionantes que vi nunca. Me he bañado en rios de agua marrón con barcos a metros de mí. He sido la mesa 111 y la 84. He admirado a niños descalzos que juegan con un cubo de agua en la calle. Me han invitado a cachaça sin conocerme de nada, me han invitado a ser miembro de varias familias sin conocerme de nada. He bebido una de las mejores sangrías del mundo. He visto conciertos de bandas muy buenas. He celebrado las bodas de oro de un matrimonio que me invitó, sin saber yo quién era. Tenía los dos cojones de pedir Campari en antros pobres de cerveza. El domingo de resurrección presencié una misa en el salón de una casa donde el cura era una señora con un traje-chaqueta del 96 mostaza, el altar era un acuario sucio, sólo había mujeres, hasta hubo comunión. He cambiado planes por culpa de diluvios. He pasado calor pero también mucho frío, frío en el Amazonas, sí. He regalado mi abanico rojo de la Virgen de Guadalupe a una señora muy enferma de cáncer que no conocía (a ella no le faltaba maquillaje precisamente) y que sé que no volveré a ver, ella me invitó a cholate caliente. He sentido la fuerza de la fe que tienen muchas personas del norte de Brasil, fe en muchas cosas, no sólo en Dios. Fe en sus propias vidas (pobres, sin aspiraciones, sin recursos, sin asomos de prosperidad) Y he creído que era fuerte, y que podía hacer todo. Aún así me cuesta trabajo explicar lo que mi estancia en Belém ha cambiado la estructura de mi organismo, lo rico/pobre, sucio/limpio, lo complicado/fácil que es todo al mismo tiempo; nunca más volveré a pensar igual, sobre (casi) nada.
El 29 voy a pasar una semana en Rio de Janeiro, os intentaré informar de mis planes aquí antes y procuraré de nuevo grabar chorradas en Rio y arriesgarme a que me roben el movil allí, que ya va siendo hora.
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