Suerte.

lunes, 2 de abril de 2012

En los aviones brasileiros



A mi lado hay una anciana que ronda los noventa años. Es prácticamente un cadáver: con piel muy arrugada, despegada del cuerpo, mandíbula demasiado móvil, orejas desproporcionadas, cuerpo doblado y pelo blanco mal recogido en un moño que seguramente le hizo alguien. Su piel está llena de pecas y no tiene ni un pelo en las cejas. La dentadura le falla, parece estar recolocándosela todo el tiempo. Y no da la sensación de ser ni mucho menos rica. 
La amo. 
Lleva un vestido camisero rosa chicle con lunares grandes blancos, el cinturón va a juego pero a la inversa: blanco con lunares rosas. Una de las horquillas que le sujeta el pelo del moño lleva una flor muy grande fucsia, más grande que los lóbulos de sus orejas. Y sus uñas: lleva las mejores uñas que vi nunca, en color coral (quisquilla, que diría una diseñadora que conozco), brillantes, impolutas, largo perfecto, como recién pintadas: transmiten tropicalidad y vida. 
La amo. Ella es la paradoja'.
En el fondo, a pesar de apreciar que su pulso no le permitiría hacer esa labor, quiero creer que se las pintó ella. 
Y que ha permitido que sea la azafata quien le abroche el cinturón de seguridad, no por dificultades de la edad, sino porque aún el esmalte no se secó, ella es tan divina que le gusta pintarse las uñas mientra embarca. 

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